Del SaaS al Contenido como servicio
No es nada nuevo que la industria de los contenidos debe evolucionar y está intentando reinventarse. Si hace un par de años el boom y uno de los términos favoritos era (y sigue siendo) el SaaS (Software as a Service o Software como servicio), el futuro cercano nos traerá los contenidos como servicio.
Spotify ha abierto las puertas a algo que ya había mostrado, por ejemplo, Apple con su iTunes o el mismo Netflix con películas. Pagamos por simplicidad, por ahorrarnos tiempo, por asegurarnos una calidad y un estandar. En definitiva, pagamos por el servicio. El contenido está disponible en otras fuentes, pero ello implica posibles problemas de compatibilidad, posible baja calidad de la copia, tiempo de espera para la obtención de la copia superior, etc.
Y volvemos a hablar de Amazon, por qué con el Kindle reafirman que la gente está dispuesta a pagar por contenidos cuando estos están vinculados a un servicio atractivo. Los libros electrónicos estaban ahí antes de la llegada del lector de Amazon, los libros se podían conseguir en muchas otras fuentes, y a menor precio (hasta un 100% más baratos). Pero la simplificación de la adquisición ha hecho que los e-books se generalicen, todas las grandes librerías lancen el suyo y los libros digitales superen en ventas a los libros tradicionales. Cuando el tiempo es dinero y cada vez tenemos tiempo, terminamos pagando por él (uno de los temas centrales del último libro de Chris Anderson).
En breve, y con la sucesiva generalización de la banda ancha en el movil y la democratización de las tarifas veremos como Spotify, o productos similares, toman parte y sustituyen nuestra selección musical por un catálogo casi infinito de música accesible desde cualquier rincón del planeta (algunos anunciaban un posible acuerdo para que Spotify fuera integrado en el nuevo Nexus One de Google). Por menos de 10 euros al mes. Apple también ha movido ficha y no quiere quedarse obsoleta, haciendo efectiva la compra de Lala que le permitirá pasar de un servicio de pago por descarga a un servicio de pago por subscripción. Pero un servicio al fin y al cabo.
La tendencia es clara. Poco a poco dejaremos de poseer contenidos para tener 2-3 subscripciones más otro par de dispositivos que nos permitan disponer de otro tipo de contenidos en cualquier momento y en cualquier lugar, liberando nuestras estanterías y bibliotecas y dandonos acceso a una librería infinita.
La biblioteca de Alejandría en la palma de nuestra mano.
El regalo de estas Navidades

O al menos eso nos han intentado vender por todos lados. Estoy hablando, de los e-books, o esos "aparatos del demonio" que han venido a destruir la industria bibliográfica.
Muchos hablan ya de que el Kindle de Amazon será el Ipod de la nueva década y que la propia tienda se convertirá para los libros lo que Itunes es a la música. Esto es, vender soluciones en vez de vender libros o discos y aparatos electrónicos. Muchas son las líneas que sostienen esta tesis, aunque pocas o ninguna hacen mención a dos puntos que me parecen interesantes mencionar.
Por un lado y al contrario que el Ipod, Amazon no soporta el estandar de facto de la industria (epub). Si bien es cierto que por mediación de Calibre (o aplicaciones similares) podemos adaptar estos archivos esto supone salirnos de la solución integral propuesta por Amazon. Esto hace que la propuesta de Bezos apueste mucho más fuerte por que toda lectura que se haga en dicho dispositivo venga de contenido comprado en su tienda. Y el contenido en español allí es más bien escaso, por decir algo. Por muy interesante que sea la versión internacional proporcionando acceso al dispositivo a todos aquellos que no residimos en territorio norteamericano, esta propuesta "a medias" hace que de momento sólo sea interesante para "geeks" y personas que consumen libros mayormente en inglés.
El segundo detalle interesante que nunca entra en la ecuación es que antes de la llegada másiva de los reproductores de mp3 en general y del de Apple en particular era habitual utilizar Walkmans, Discmans o incluso reproductores de Minidisc. El cambio era tecnológico, no cultural. "En vez de comprarme un reproductor para las cintas o los CDs que tengo en casa, me compro esto y me llevo todos los discos que tengo". Era un gasto asumido.
En el caso de los ebooks esto no es así. Cualquiera que quiera leer el libro que tiene en casa, lo coge y se lo lleva en la bolsa para leerlo donde más le convenga. Comprar un libro electrónico para cualquier español en tiempos de crisis supone hacer las cuentas para ver si "sale rentable". Y para justificar el ahorro económico de la compra de uno de los dispositivos vendidos por Amazon, hay que comprar decenas en formato digital. Similar a lo que ocurre con el canon, tener el dispositivo sirve de justificación perfecta para descargarse todo y más ya que "hay que compensar lo que vale el invento".
En definitiva, no veo el mercado español lo suficientemente maduro como para garantizar el éxito comercial de un producto así. Y además a la propia industria no parece interesarle acelerar este proceso.
El valor de lo intangible
El tema de la semana no es otro que el movimiento de Amazon de eliminar de los Kindle los libros "1984" y "Rebelión en la granja". Con nocturnidad, aunque dudamos que con alevosía, este es un gesto que ha puesto en entredicho la credibilidad de Amazon como empresa. Los clientes que creyeron en un producto como el Kindle les daría acceso a la mayor biblioteca del mundo en un solo click, ahora ven que por el mismo motivo quedan ahora vulnerables a golpe de un click.
Algunos blogers y analistas están intentando dilucidar si este movimiento está cubierto o no por el contrato firmado a la hora de comprarnos el e-book que con tanto entusiasmo presentó Bezos no hace tantos meses. La verdad, y aunque Amazon se haya retractado y prometa no volver a hacerlo, esto ya poco importa.
El mal está hecho.
En un modelo como éste o el de Itunes donde comenzamos a adquirir puñados de bits, incoloros, inodoros e insípidos a más no poder en contraposición al formato físico que muchos intentan dar por muerto, es importante que el valor percibido sea igual de gratificante o mayor; no nos olvidemos que comprarse un disco en el Itunes Store o un libro para el Kindle es marginalmente más barato que comprarse su homólogo tradicional.
Cuando comparamos ambas opciones, normalmente, se da por sentado que las ventajas de prescindir del formato físico son la comodidad y lo imperecedero de la compra (Itunes siempre estará ahí para reponer nuestra canción borrada). Mientras tanto, el papel o el CD se ve como algo "vintage" propio de rebeldes en contra de una evolución natural. Pero ahora lo eterno se vuelve perecedero, dejandonos a merced del "tendero" el poder disfrutar o no de nuestro producto.
Ante este acontecimiento uno se da cuenta de lo efimero de los bits. De lo indefensos que estamos ante los contratos mastodónicos que aceptamos una y otra vez en nuestras transacciones online sin apenas leer una linea. Se trata de un paso atrás en la carrera hacia la digitalización global.
Un click, que en mi opinión, va costar tiempo de olvidar y hará plantearse a muchos, si realmente merece la pena prescindir del formato físico. Con él, por lo menos, tendremos la tranquilidad de que nadie vendrá a quitarnos nuestro libro de la mesa de noche.